Yo no sirvo para esto.

Escrito por en 04/10/2025

Todos aquellos que llevamos un cierto tiempo en el camino del Señor hemos pasado, en algún momento de nuestras vidas, por esa experiencia tan terrible y desgarradora que es sentir que le hemos fallado a Dios. Que de alguna manera hemos quedado fuera de toda gracia y de todo llamado divino. Sentimos que, por alguna razón o circunstancia, al igual que Pedro, hemos negado a Jesús con nuestras palabras, con nuestros actos o con nuestras vidas.

Y también, al igual que Pedro, hemos llegado a decir: «Yo no sirvo para esto…».

Al menos una vez en nuestra vida como cristianos, un pecado o un error —a veces pequeño, otras veces devastador— nos ha hecho sentir que hemos quedado excluidos del llamado de Dios, pensando que ya estamos fuera de toda «convocatoria celestial» y lejos de la gracia divina que, a pesar del tiempo, aún sigue perdonando todo tipo de pecados por medio de la sangre de Cristo.

Pero lo que más nos ha dolido no ha sido el hecho de fallarle. Lo que más nos ha dolido es el hecho de levantar nuestra mirada y encontrarnos con los ojos de Él, con los ojos del Maestro.

Eso fue lo que más le dolió a Pedro. La Escritura ya lo había anticipado: “Y dijo el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo” (Lucas 22:31).

La Biblia narra que, tras negar al Señor tres veces, y luego de escuchar cantar al gallo, Pedro levantó sus ojos y notó que Jesús lo estaba mirando desde el otro extremo del patio, con sus ojos amoratados a causa de los golpes y una corona de espinas en su cabeza.

¿Cuántas veces hemos sentido esa mirada después de tantas promesas de santidad que le hemos hecho? ¿Después de aquella pequeña mentira que dijimos, pero que nos dolió hasta el alma? ¿O de aquella gran caída de la que ya no pudimos volver a levantarnos…? ¿Cuántas veces has sentido esa mirada sobre ti?

Pero lo más sorprendente es que nunca fue una mirada condenatoria, sino que siempre fue una mirada del más puro e inexplicable amor.

Yo la he sentido muchas veces. Y cada vez que la sentí, me sorprendió lo mismo: su mirada nunca fue de juicio (aunque podría hacerlo), nunca fue una mirada de castigo. Sino que su mirada siempre fue suave, dulce y llena de amor. Una mirada como diciendo: «Yo sabía que sin mí no ibas a poder. Sabía que ibas a fallar. Pero no importa… ahora estoy aquí para ayudarte, para levantarte y para curar tus heridas».

Pedro nunca olvidó esa mirada. Nunca…

Pero cuando el dolor se enfrió y la culpa se hizo más fuerte, Pedro cometió el mismo error que muchos de nosotros cometemos: pensar que ya no tenemos lugar en el plan de Dios y que estamos fuera de toda «liga mayor».

Pedro se dijo a sí mismo: «Yo no nací para esto. Soy un fraude. Soy un fracaso». Recordó todas las veces que prometió que iba a orar más, todas las veces que prometió ayunar y consagrarse para Dios… Pero también recordó todas las veces que falló y se quedó en el camino.

Así que, como cualquiera de nosotros, él decidió volver a lo que conocía. Decidió volver a lo único que sabía hacer: se volvió a pescar. Volvió al mar, a su bote, a sus redes y al mismo lugar de donde Jesús lo había sacado tres años atrás.

Sin embargo, cuando el Señor resucitó, dio instrucciones muy particulares. Mandó que le dijeran a sus discípulos… y a Pedro… que Él había resucitado: “Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea” (Marcos 16:7).

Qué detalle tan hermoso: «y a Pedro». Jesús sabía cómo se sentía su discípulo. Sabía que Pedro pensaba que su oportunidad ya había pasado, que el tren ya no volvería y que ya no habría más posibilidades para él. Por eso Jesús lo llama por su nombre, para recordarle que su amor por él no cambia.

Días después, Jesús vuelve a presentarse a sus discípulos, y Pedro estaba allí, pescando, intentando olvidar aquella mirada y regresar a su antigua vida.

Desde la orilla, el Maestro les grita: «¡Muchachos! ¿Tienen algo de comer?». «Pedro, Juan, Santiago, Andrés… ¿se atreven a intentarlo una vez más?».

Pedro no podía creerlo. Cómo el amigo traicionado lo estaba buscando a él, que no era nada más y nada menos que el traidor. El mismo Jesús que él había negado días antes… ahora había encendido un fuego y estaba preparando un desayuno para él.

Es entonces cuando una de las escenas más simples y conmovedoras del Evangelio sucede…

Pedro baja de la barca casi corriendo, desesperado, deseoso de pedirle perdón. Pero antes de que pueda hablar, Jesús lo interrumpe y le dice:

—Pedro, te preparé el desayuno.
—Señor, yo…
—Shhh… ¿me amas? Come.
—Pero Señor, yo te fallé…
—Shhh… ¿me amas? La mesa está servida.
—Pero Señor, déjame explicarte…
—Shhh… ¿me amas? A comer.

En aquella misma hora, Pedro se sintió como tú y yo, aquella vez que Jesús fue a buscarnos después de haber tropezado y haber caído. En ese momento, Pedro se sintió el peor pecador del mundo, pero tan amado a la vez. Y fue en esa misma orilla donde, tres veces, Jesús le hizo la pregunta que sanó las tres negaciones: “Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Apacienta mis ovejas” (Juan 21:17).

Hoy, Jesús te está buscando. Desde la orilla, mientras prepara aquello con lo que quiere alimentarte, te llama por tu nombre y te dice: «Matías, Fernando, Sergio, Gabriel, o como quiera que te llames: ¿te atreves a intentarlo una vez más?». ¿Y sabés por qué lo hace?

Porque el Señor te ama cuando eres fuerte, y cuando eres débil. Te ama cuando te sientes un ungido, o cuando te invade esa horrible oscuridad del pecado. Te ama cuando levantas tus manos para adorarle, pero también te ama cuando bajas la mirada por la vergüenza a causa del pecado.

No lo aplaude. Por supuesto que no. Pero si se lo permitís, no solo te corregirá, sino que además curará tus heridas, te cargará en sus hombros y te llevará de vuelta al redil. Y sabés por qué lo hace: porque su amor por ti no ha de cambiar jamás.

Hoy la mesa está servida. Jesús es quien ha preparado la cena. ¿Te sentarás a comer, o simplemente seguirás diciendo como Pedro: «Yo no sirvo para esto…»?

Que Dios hable a tu corazón…


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