Dominio propio o Demonio propio…?

Escrito por en 02/01/2022

“Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Porque los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias.” (Gálatas 5:22-24)


Introducción

Una de las batallas más comunes que libramos a diario es la de nuestro carácter. Todos los días enfrentamos esa lucha interna con el enojo, la frustración, la desesperación e incluso las ganas de desatar nuestra furia contra alguien. Es ese momento crítico en el que tratamos de que nuestro dominio propio no se convierta en demonio propio. ¿Te ha sucedido?

Curiosamente, muchas personas tienen la idea errónea de que “aguantarse” las ganas de algo—ya sea comer algo delicioso pero que engorda, o reprimir el enojo ante situaciones que nos afectan o nos hacen sentir incómodos—tiene que ver con agradar a Dios o con atraer su bendición y favor. Como si negar quienes verdaderamente somos pudiera inclinar la balanza a nuestro favor.

Pero la realidad es que el aguantarnos no es más que contarle una mentira al mundo, a Dios y a nosotros mismos acerca de quiénes somos y cómo reaccionamos. ¿Lo habías pensado?

“Porque no os ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:7)


El Falso Concepto del “Aguante”

Obviamente, hacer lo contrario tampoco es lo correcto. No podemos simplemente darle rienda suelta a nuestras pasiones y hacer lo que sentimos en el momento, pues las consecuencias pueden ser devastadoras y arrastrar a terceros en el proceso.

Es cierto que debemos dominarnos a nosotros mismos. De hecho, la Biblia nos enseña que aquel que es capaz de dominarse a sí mismo, es capaz de dominar al mundo. La idea de no dejar salir a ese “yo” que quiere gobernarnos y que pretende hacer su fiesta emocional en nosotros es un principio correcto.

El problema no es el “qué” (el dominio), sino el “cómo” (la fuente y la motivación).

Muchas personas tienen la errónea idea de que el pecado es únicamente un acto físico y que solo tiene validez si se comete materialmente. Pero Dios lo entiende de manera diferente: el pecado se origina en la mente y en el corazón.

“Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.” (Mateo 15:19)

Así que aquel que se aguanta las ganas de algo, pero piensa en ello todo el tiempo, peca igual—o incluso más—que aquel que simplemente sigue sus instintos y comete el acto. Jesús lo dejó claro cuando enseñó que el que mira a una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio en su corazón (Mateo 5:28).


La Verdadera Naturaleza del Dominio Propio

Por tanto, debemos entender que el dominio propio no tiene que ver con aguantarnos, sino con comprender de dónde viene la fuerza que producirá en nosotros no solo templanza, sino también paz.

Esa fuerza viene de Dios, pero no como una camisa de fuerza que nos oprime y nos limita, sino como un fruto agradable que brota de manera natural. En otras palabras, no es algo que nos limite, sino algo que nos resulta inevitable y completamente natural cuando estamos llenos del Espíritu. ¿Lo habías pensado?

“Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.” (Romanos 8:14)


¿Por qué el Dominio Propio es el Último de la Lista?

La Biblia nos presenta, en Gálatas 5:22-23, que el dominio propio (templanza) es un fruto del Espíritu. Pero curiosamente, no es el primero, sino el último de una lista de nueve virtudes:

  1. Amor

  2. Gozo

  3. Paz

  4. Longanimidad (paciencia)

  5. Benignidad

  6. Bondad

  7. Fe

  8. Mansedumbre

  9. Templanza (dominio propio)

Este orden no es casualidad. Dios quiere transformar cosas en nuestro carácter—y nota que dije transformar, no cambiar. Él no pretende desechar quienes somos, sino sacar a flote cosas que son de Él y que ya habitan dentro de nosotros, pero que necesitan ser puestas en orden para que puedan tener efecto.

El dominio propio es la coronación de un proceso de transformación. No puede haber verdadero dominio propio si no hay primero amor (que nos motiva), gozo (que nos sostiene), paz (que nos estabiliza), paciencia (que nos persevera), benignidad y bondad (que nos hacen buenos con otros), fe (que nos conecta con Dios) y mansedumbre (que nos hace dóciles).


La Metáfora del Árbol: Frutos que Alimentan a Otros

El apóstol Pablo llama a estas virtudes “frutos”, y siempre que hablo de ello lo ejemplifico de esta manera:

Los árboles toman lo amargo de la tierra y lo transforman en frutos dulces, atractivos y que alimentan a los demás. Un árbol nunca se come sus propios frutos.

De modo que, si lo entendemos de esta manera:

  1. La transformación de nuestro carácter depende de lo que Dios haga en nosotros, no de que aprendamos a aguantarnos.

  2. Dios usará al mundo (lo amargo de la tierra) para transformarlo en un fruto agradable para los demás. Ni siquiera el dominio propio está ahí para hacernos sentir bien a nosotros mismos, sino para hacer mejor la vida de los demás.

  3. Todo es gradual. No podemos esperar desarrollar el último de los frutos sin haberlo hecho con los que le anteceden. Tienen una razón de ser y un orden divino.

“Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da malos frutos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.” (Mateo 7:17-18)


La Diferencia entre “Aguantarse” y “Tener Dominio Propio”

Ahí radica la diferencia fundamental:

  • Si uno tiene dominio propio sin tener el resto de los frutos, entonces solo se está aguantando. Tarde o temprano, esa persona explotará y no podrá reprimirse más.

  • Pero si pasa por el amor, la alegría, la paz y todos esos frutos que son permanentes y no circunstanciales, el dominio propio también lo será. Entonces nunca más tendrá miedo de que el “demonio propio” que antes habitaba en nosotros salga y haga de las suyas.

El dominio propio genuino no es represión; es transformación. Es la obra del Espíritu Santo que nos hace ser quienes realmente somos en Cristo: nuevas criaturas.

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Corintios 5:17)


La Corona del Pasaje: “Contra tales cosas no hay ley”

Lo más emocionante de este pasaje es su parte final, que se corona diciendo:

“Contra tales cosas no hay ley.” (Gálatas 5:23)

Cuando hay frutos del Espíritu en nosotros, no hay quien los pueda cuestionar. Son tan dulces y tan atractivos que el mundo solo los toma y los disfruta. No necesitan ser forzados, no necesitan ser impuestos; simplemente fluyen de una vida rendida a Dios.

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:16)


Conclusión

El dominio propio no es la habilidad de reprimir lo que somos, sino la evidencia de que el Espíritu Santo ha transformado lo que éramos en lo que Dios siempre quiso que fuéramos. No se trata de aguantarse, sino de dejarse transformar.

Cuando el amor, el gozo y la paz gobiernan nuestro corazón, el dominio propio deja de ser un esfuerzo y se convierte en una consecuencia natural de nuestra nueva naturaleza en Cristo.

Así que, ¿estás luchando con tu carácter? Deja de intentar aguantarte y comienza a rendirte al Espíritu. Él tomará lo amargo de tu vida y lo transformará en un fruto dulce que alimentará a quienes te rodean.

“Y el Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.” (1 Tesalonicenses 5:23-24)


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