La semilla de tomate

Escrito por en 20/01/2026

Si compras una semilla de tomate, la siembras, y durante un tiempo la riegas y mueves la tierra, ¿quién sabrá que tienes una futura planta de tomate bajo la superficie? Nadie, solo tú, que la plantaste.

Después de un tiempo, la planta crecerá, pero aun así, pocos sabrán lo que es, porque al crecer, casi todas las plántulas se parecen. ¿Sabes cuándo se darán cuenta de que es una planta de tomates? ¡Cuando dé tomates! En ese momento, es muy probable que alguien te diga: “¡Eh! ¡Qué bendición, qué tomates tan lindos tenes…!”

Pero eso a ti ya no te sorprende, porque hace mucho que tenías la semilla bajo tierra.

Digo esto porque, a veces, parece que hemos perdido la capacidad de sorprendernos cuando Dios nos bendice. Por ejemplo, a veces sueñas con un propósito grande, y cuando Dios lo cumple, actuamos como si no estuviéramos agradecidos. Pero, ¿acaso sería lógico que, al nacer el primer tomate, te sorprendieras y gritaras: “¡Uhhh nació tomate!”?

¿Por qué habrías de sorprenderte? Compraste semilla de tomate, sembraste y regaste semilla de tomate, ¿qué ibas a cosechar? ¡Tomates, obviamente!

El principio de Dios sobre la siembra y la cosecha nos enseña que: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará.” (Gálatas 6:7)

Lo que pasa es que estamos acostumbrados a mirar los modelos ya terminados. Vemos a grandes líderes y decimos: “¡Qué integridad, qué trayectoria!”. Pero, por supuesto, nosotros no vimos cuando él sembró todo eso, cuando lo tuvo “bajo tierra”, lo que tuvo que soportar: las burlas, los momentos duros, la paciencia en la espera.

A veces, cuando plantas la semilla de tomate, hay un poco de dolor, un poco de frustración porque la planta no se ve inmediatamente, y los frutos tampoco. Pero el tiempo de la espera no es en vano: “Así que, hermanos, tengan paciencia hasta la venida del Señor. Miren cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, siendo paciente en ello, hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía.” (Santiago 5:7)

Lo que estás haciendo hoy es sembrar. Estás plantando semillas de fe y perseverancia cuando asistes a la iglesia y quieres llevar a los tuyos; estás plantando cuando sirves limpiando los baños o cantando los coros, y nadie te ve. Sueñas con ese ministerio ideal, con esa pareja ideal, con una familia restaurada, pero es muy duro ir al “fondo de la casa” y no ver ni una hojita de la planta aún.

Pero, ¿quién te puede quitar esa semilla de compromiso que ya sembraste? Nadie. Y lo mejor de todo, es que cuando esa planta dé su fruto, muchos te dirán: “¡Ehhh, cómo Dios te bendijo!” Y es allí cuando podrás responder: “No, Dios no me bendijo ahora; me bendijo hace mucho, cuando planté la semilla de tomate.”

Recuerda: Hoy tienes la semilla plantada. Que dé frutos… ¡es solo cuestión de tiempo mi viejo…!

La promesa de la cosecha está asegurada: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.” (Gálatas 6:9)

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