Ni siquiera a mí…
Escrito por Sal Y Luz Radio en 02/01/2026
Cuenta una vieja historia que, en algún tiempo, en la frontera que separa el amor de la religión, existió una mega iglesia verdaderamente grande, con una gran cantidad de miembros, los cuales, en su gran mayoría, eran hombres adinerados, con títulos, con renombre y poder, que gobernaban sobre todo el pueblo. Pero a pesar de esto, también había allí algunos que, a pesar de no tener dinero, poder, renombre o títulos, se les permitía congregar de todas formas, para que llevasen a cabo las labores de mantención y limpieza del lugar. Estos últimos hombres se sometían a todo tipo de órdenes, imposiciones o capricho de los magnates, con la única esperanza de que, si permanecían allí, tarde o temprano también ellos llegarían a ser millonarios.
“Mis hermanos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida… ¿no hacéis distinción entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?” (Santiago 2:1-4)
Cierta mañana de domingo, llegó a esta iglesia un pequeño niño de aproximadamente unos 12 años, el cual, al pasar frente al gran edificio y escuchar las voces que cantaban salmos al Señor, decidió entrar al recinto para alabar también él el nombre de Cristo. Pero al querer ingresar, uno de los porteros lo detuvo y le dijo:
“Un momento, muchacho… si tú quieres entrar a esta iglesia y formar parte de ella, primero debes darte un baño y vestirte decentemente; de lo contrario, jamás podrás entrar”.
Desilusionado y triste, el niño regresó a su casa, y sentándose en el borde de su cama pensó: “Cuando llegue el próximo domingo me daré un gran baño, buscaré mi mejor ropa, lustraré mis viejos zapatos, tomaré un poco del perfume que papá usa solo en ocasiones especiales, y regresaré a aquella mega iglesia para adorar el nombre del Señor, junto con todos los hermanos del lugar”.
La semana pasó rápidamente, y llegado el próximo domingo, el niño se levantó muy de madrugada pensando: “Iré muy temprano para poder conseguir uno de los primeros lugares en la iglesia y cantar a mi Señor hasta que me quede sin voz”. Pero al llegar, aquel mismo portero que la semana anterior no le había permitido entrar, lo detuvo nuevamente diciéndole:
“Veo que has cambiado tu aspecto. Te has bañado, te has puesto tu mejor ropa, e incluso te has perfumado, pero aun así no puedo dejarte pasar… Tal vez cuando seas grande y tengas un buen trabajo, un buen pasar económico y una buena solvencia, puedas ingresar aquí y adorar a Dios junto con nosotros”.
“Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” (1 Samuel 16:7)
El niño, entristecido por estas palabras, se dirigió a la plaza que se encontraba frente a la iglesia, y tras sentarse en una de las bancas del parque, comenzó a llorar amargamente.
Tras llorar por algunos minutos, escuchó una voz muy suave y dulce que le decía: “¿Por qué lloras, hijo mío?”. El niño secó sus lágrimas, y levantando su mirada, vio a un hombre de extraña apariencia sentado a su lado.
Nadie sabe bien por qué, pero tal vez por la mirada tan amorosa de aquel hombre, tal vez por esa suave voz que le transmitía paz al niño, o tal vez por ver la gloria misma de Dios en su rostro, el niño se arrojó en sus brazos y, llorando nuevamente, le dijo: “Durante toda la semana me he estado preparando para venir hoy a la iglesia a adorar a Dios, y hoy, al llegar aquí, traté de entrar, pero el portero del lugar me impidió el paso”.
“Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.” (Marcos 10:14)
El caballero lo miró con ternura, y regalándole una cálida y sincera sonrisa mientras acariciaba su cabello, le dijo: “No te preocupes, pequeño. Desde hace muchos años que también Yo estoy tratando de entrar a este lugar, pero al igual que a ti, a mí tampoco me han permitido entrar…”.
El niño lo miró y, con voz titubeante, preguntó: “¿Quién es usted, Señor?”, a lo que el gentil caballero contestó: “Mi nombre es Jesús”.
La puerta del corazón del hombre no tiene cerradura por fuera. Solo puede ser abierta desde adentro.
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20)