Calzoncillos y Medias

Escrito por en 20/12/2025

Si alguien me preguntara cuál es la patología que afecta a gran parte del cristianismo moderno, diría que es el legalismo de la mente. Esta patología se hace especialmente evidente en la temporada navideña, cuando la fe que celebra el milagro más grande de la historia (la Encarnación) se permite soñar solo en lo más pequeño y limitado. No se trata solo de dogmas externos, sino de una limitación autoimpuesta que nos impide pensar, crear o, lo que es peor, nos impide desear y creer en la plenitud de la voluntad de Dios para nuestras vidas.

Hay una gran cantidad de creyentes que no logran concretar los sueños puestos por el Espíritu Santo porque su mente no se lo permite. Me refiero a esos dogmas limitantes y patrones mentales que solo cumplen la patética función de restringir nuestra visión y ahogar nuestra creatividad. La Palabra de Dios nos insta a romper con esta mentalidad:

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”
— Romanos 12:2

La Anécdota del Presupuesto Familiar en Nochebuena

Hasta que tuve diez años, en cada Nochebuena o día de Reyes, el resultado era el mismo: calzoncillos y medias. La caja de regalo era pequeña, cuadrada, y yo ya sabía lo que encontraría dentro. “Son muy útiles, hijo, y nunca sobran,” decía mamá con una sonrisa austera, defendiendo el regalo práctico. Este recuerdo navideño ilustra perfectamente cómo nuestra mente puede limitarse a esperar solo lo útil y predecible, incluso cuando celebramos el milagro más inesperado: Dios haciéndose hombre.

Lo que pedía no era algo divertido, nunca algo grande, solo lo básico. Un día, un tío que recién regresaba de un viaje y que era conocido por su generosidad me tomó aparte, un 24 de diciembre. Me dijo con una sonrisa cómplice: “Pequeño, este año te voy a regalar lo que TÚ quieras. Pide lo soñado, lo que nunca te han dado. El presupuesto no es problema.” Lo soñado estaba al alcance de mi mano, pero mi mente estaba tan acostumbrada al presupuesto familiar y a lo escuálido, que solo pude titubear. Le dije, con la voz casi en un susurro: “¿Un calzoncillo?”.

Mi tío soltó una carcajada resonante que hizo voltear a la abuela. Secándose una lágrima de la risa, me dijo: “¡No, hijo! ¡En serio! Te digo en verdad que pidas todo lo que quieras que yo te lo daré. Pídeme lo que se te antoje, pídeme lo que realmente deseas, sin límites.” Yo me quedé pensando, haciendo un esfuerzo mental titánico por expandir mi horizonte. Entonces, me animé, le miré a los ojos y, con toda la audacia que mi mente limitada me permitió, le dije: “¿Dos calzoncillos?”

La risa de mi tío fue contagiosa, y al final, él tomó la decisión. Me llevó a la terraza y me señaló un paquete enorme: era un hermoso karting a pedales, que ni aun los niños más ricos del barrio tenían. Mi mente solo estaba preparada para ambicionar medias y calzoncillos, jamás para pedir algo grande, que fuera más allá de lo que siempre había recibido.

El Peligro de los Dogmas que Roban la Celebración

Esta misma estrechez mental, este legalismo de lo “poco”, a menudo se manifiesta en el rechazo absoluto a la celebración navideña. Hay quienes, por un dogma rígido, se niegan a festejar el nacimiento de nuestro Salvador porque argumentan que la fecha es de origen pagano, o que el árbol y las luces son tradiciones sin fundamento bíblico.

Sin embargo, al centrar la atención en si la fecha es “correcta” o si el árbol es “pagano”, pierden de vista la esencia: el Evangelio de la Encarnación ya ocurrió. El Salvador nació, y el poder de ese hecho trasciende cualquier calendario o adorno. La verdadera patología no es el árbol, sino la mente que, por dogmas, se niega a gozarse en la verdad de Cristo. El Apóstol Pablo nos liberó de estas ataduras:

“Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo.”
— Colosenses 2:16-17

Si la mente está libre para gozarse en el cuerpo, que es Cristo, ¿cómo puede limitarse por la sombra, que es una fecha o una tradición? La libertad en Cristo nos permite celebrar Su nacimiento con gozo, manteniendo siempre a Jesús como el centro, sin que la fecha o el adorno se conviertan en una limitación para nuestra fe.

Disfrazando la Estrechez de Humildad

Hay mucha gente que mantiene este mismo tipo de relación con el Señor. Su mente está tan limitada a lo escuálido, a lo flaco, a lo poco, que no saben recibir la plenitud de la herencia espiritual que Cristo nos ganó. No se atreven a abrazar el propósito completo que Dios ha depositado en ellos, que es la vida abundante en el Espíritu. Por lo tanto, se quedan cortos de la voluntad de Dios, que en la mayoría de los casos, es el mismo Señor quien la ha puesto en su corazón.

Peor aún, disfrazan esta estrechez mental de falsa espiritualidad, diciendo: “Señor, no te pido mucho, solo quiero servirte en lo poco, en humildad… dame lo que me quieras dar”. El error aquí no es la humildad en sí (pues debemos recibir con gratitud lo que Dios nos da conforme a Sus gloriosas riquezas), sino la incredulidad que limita la manifestación de Su capacidad de dar en el ámbito de la gracia. Este enfoque es peligroso, pues los “aunque sea” y los “en lo que sea” son la expresión de una fe mezquina que se convierte en el peor enemigo de la vida en el Espíritu que Dios tiene para nosotros, y una deshonra a la ilimitada provisión de la Encarnación.

“Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad… vanamente hinchado por su propia mente carnal.”
— Colosenses 2:18

La Magnitud Espiritual de la Promesa: El Dios de lo Imposible

Cuando descubrí que Jesucristo no solo es mi Salvador, sino el Señor de todo poder espiritual y autor de la Vida Eterna, abrí mi mente. Entendí que Su voluntad y Sus planes van más allá de mis limitaciones y comencé a creer en el Dios que hace lo imposible en el espíritu. Cuando supe que las barreras solo estaban en mi mente, y descubrí que la gracia de Dios era inmensamente más grande que mis faltas, ya no hubo límites para mi fe.

¿Por qué limitar lo que Dios nos puede dar? Teniendo frente a nosotros al Dios de lo mejor, nuestra fe debe estar abierta a la plenitud de Su promesa y lista para recibir la abundancia que Él disponga, pues Él es poderoso para hacer más abundantemente en nuestro espíritu de lo que podemos imaginar.

“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros.”
— Efesios 3:20

Cuando Dios quiso inspirar a Abraham para que creyera por su descendencia espiritual, le mostró las estrellas y le habló de multitudes. Le prometió que llegaría a ser el padre de una gran nación de fe:

“Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia.”
— Génesis 15:5

La Gran Enseñanza de la Navidad: Vida Eterna

Si quieres que Dios comience a usarte conforme a Su propósito, comienza a creer en la magnitud de la herencia espiritual que Él tiene para ti, alineada con Su perfecta voluntad. He aprendido que Él no fomenta la pasividad. Para llegar a esa plenitud, debemos poner fuerza, empeño, trabajo y tiempo en nuestra santificación.

La fe que busca la voluntad de Dios es una fe que actúa en la disciplina espiritual. Si quieres ser lleno del Espíritu, transpira las rodillas en oración; si quieres ser usado por Dios en la plenitud de Su plan, sumérgete en Su río de Palabra sin más precedentes. La fe debe ir acompañada por el vigor y la acción:

“Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.”
— 2 Tesalonicenses 3:10

En esta temporada de Navidad, celebramos el evento que lo cambió todo: Dios nos dio el regalo más grande e inmerecido —Su Hijo— con el único y glorioso propósito de traernos Vida Eterna. La fe verdadera se manifiesta en la gratitud con la que aceptamos la inmensidad de este regalo.

¡Basta de pedir “calzoncillos y medias” espirituales! Es hora de dejar atrás los dogmas y las limitaciones de la mente para comenzar a festejar el evento más grande que ha tenido la humanidad en toda su historia: el nacimiento de nuestro Salvador, Jesucristo. Empecemos a vivir y a creer en la magnitud de Su voluntad para nuestra vida. Él es el Dios de lo imposible, de la vida abundante y de la Vida Eterna.”

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