Sin caretas

Escrito por en 25/02/2022

Contrólalo… digo, la verdad sin máscaras

“Por eso, ya no deben mentirse los unos a los otros. Todos nosotros somos miembros de un mismo cuerpo, así que digan siempre la verdad.”
Efesios 4:25

Se supone que uno oculta aquello que le da vergüenza, o que traduce como peligroso o amenazante para sí mismo.

Ocultamos kilitos de más, arrugas, canas, y hasta conductas y hábitos que, si salieran a la luz, serían juzgados como impropios o romperían nuestra imagen intachable y respetada socialmente.

Lo cierto es que nada de esto se vive sin emociones que lo acompañen, y el verdadero obstáculo radica justamente en lo que sentimos y pensamos acerca de aquello que no podemos manifestar de manera auténtica y sin dobleces.

Hoy en día es muy difícil escuchar un “te quiero” entre hijos y padres, un “esto me enoja o me lastima”, o quizás decir “me siento triste o solo” o “perdóname, te lastimé”. Vivimos en la era de las máscaras, donde se genera la ilusión de que cuanta más fortaleza o dureza demostramos, más respeto ganamos. ¡Nada más erróneo! “El corazón alegre constituye buen remedio, mas el espíritu triste seca los huesos” (Proverbios 17:22) — hasta la sabiduría antigua ya sabía que lo que se calla, el cuerpo lo termina pagando.

Cuanto más nos esforzamos en disimular y ocultar nuestro corazón, más se enferman nuestros cuerpos, vínculos y maneras de pensar.

Todos nosotros reprimimos nuestros sentimientos en mayor o menor medida, pero no fue así en la vida de Jesús. Él nos dejó un perfecto ejemplo de cómo se vive congruente con uno mismo y con lo que se siente. En Getsemaní, muy cerca del momento de ser crucificado, abrió su corazón ante su Padre en oración, pero también entre sus amigos, al decir: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38). Solo un hombre seguro de sí mismo tiene la capacidad de mostrarse tal cual es, así como Jesús lo hizo.

Cuando vivimos con miedo a poner en evidencia nuestras necesidades y sentimientos, ocultamos detrás de la soberbia, la violencia, el perfeccionismo y la autosuficiencia nuestras zonas más vulnerables y frágiles.

Así, nuestras relaciones se tiñen de superficialidad y de vacío. Aprender a comunicarnos emocionalmente nos acerca a la verdad. “Mira que amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría” (Salmo 51:6) — Dios no solo nos pide sinceridad hacia los demás, sino primero hacia Él, en lo más íntimo. Dios nos recibe tal cual somos, y podemos comenzar practicando sinceridad con Él. Allí no hay rechazos ni vergüenzas.

Pensamiento del día:
Prefiero la verdad a la mentira, la sinceridad a la hipocresía y la realidad a la apariencia.

Por Pablo Martini


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